Azucena llegó en silencio: sin fuerzas y cansada, anciana, mal cuidada... pero todavía con ganas de vivir, pidiendo caricias, pidiendo que alguien le dé una oportunidad de ser feliz el poquito tiempo que le queda.
Ha trabajado toda su vida. Tiene las orejas y el rabo cortadas a raíz, unas mamas muy grandes de parir en cada celo, muchos de los dientes podridos, espolones prácticamente metidos bajo la piel que tuvimos que amputarle de urgencia, un tumor en la espalda... Azucena ha tenido una vida dura, no ha tenido ni un mínimo cuidado y respeto y cuando ya no le quedaban fuerzas de continuar trabajando, simplemente la abandonaron en una rotonda, esperando a que la atropellara algún coche.
La vieron unos voluntarios y la subieron. Como no teníamos sitio en el refugio, le pusimos una caseta en la entrada con mantas y ella se quedó allí, no se quiere ir. Cada vez que venimos con los coches a hacer los turnos del refugio, ella sale de su caseta, mueve el resto que queda de su rabito y met